Venezuela significa más espacio territorial, que una República Presidencial Federal, es más que 23 estados, mucho más que playas, montañas, desiertos, selva y nieve. Venezuela, un país conocido como tierra de gracia, más allá de un clima tropical lluvioso de montaña. Venezuela somos todos, desde el venezolano que lucha a diario por su país, con su respectiva arepa debajo del brazo, cobijado por la fresca madrugada, tanto como el venezolano que decidió asumir la aventura más grande de su vida al tomar una maleta con dolor y dejar sus afectos con la esperanza de volver con su gente o morir en el intento, pidiendo como último deseo que si tiene que naufragar, enterrar su cuerpo cerca del mar, en Venezuela.
Al mundo una verdad, no hay más fiel enamorado que un inmigrante venezolano, porque irte de Venezuela es renunciar al confortable y más perfecto olor de tu tierra, pues con la mano en el corazón, el inmigrante se lanza al vacío con una sola esperanza: hacer que su tribu sobreviva, porque las condiciones políticas y económicas no dan tregua y no son tan amigables como para dar una opción distinta a la de partir.
Primeramente emigró el que protegía sus capitales (el empresario), luego la mano de obra profesional y técnicamente calificada, pero hoy no me encuentro hablando de una minoría y mucho menos de un sector racial o social de la población venezolana, me estoy refiriendo al venezolano de a pie, al ciudadano común que vive modestamente y tiene una sola aspiración, llenar la barriga de sus hijos como recompensa a su trabajo.
Señores, no hacen falta los números para expresar la movilización masiva de inmigrantes venezolanos más grande y significativa de la historia de nuestro país, con destino en cualquier lugar del mundo, basta con ir por las calles de los países extranjeros para observar que no son ni uno, ni dos, sino que ya no hay lugar que no aloje a un venezolano.

